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Rincón de la tertulia
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VELADAS CON FELIPE EL PAYASO

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Amapolaaaa... lindísima
Amapolaaa... te quiero mi
Amapolaaa... Sabeís,
es difícil el asunto del amor.
Puedes recorrer Africa sin encontrarlo,
aunque no desespero, y puedes también
vivir una vida entera y no saber que
es decir te quiero... gages
del oficio.
Os invito a un buen orujo gallego
de un amigo mío que
te masajea
el corazón y te prepara para dulces
te quiero-s. Nada como el orujo...
salud colegas !

Te quiero, Paquita!

Te quiero Paquita! Es difícil para un payaso decir una frase como ésta. Y yo la tenía que decir, cada tarde y cada noche en un teatro carpa gestionado por una veterana familia de teatro ambulante.

Te quiero Paquita era una frase que se me sugirió de sopetón y yo, naturalmente, era incapaz de hacerla creíble. El padre de la actriz, primer actor y empresario, se iba poniendo cada vez más nervioso al ver que mi te quiero Paquita sonaba igual que son las doce menos veinte. Llegué a la conclusión de que ser payaso era suficiente trabajo para mantenerme vivo y lo más aconsejable era olvidarme de mis amores por Paquita. Apareció una nueva actriz en la troupe con la que tuve un delicioso romance y juntos abandonamos la carpa y nos fuimos por los pueblos, yo haciendo mis números habituales y ella esperándome en la playa. Con lo que recogía nos daba para una paella sintética en uno de los muchos garitos de la costa vasca.

Pero al poco y de golpe y porrazo descubrí la frase te quiero y empecé a utilizarla cada vez con más soltura: te quiero Amapola fue lo primero que deseé decir y me di cuenta que cada vez que decía te quiero enseguida me venían a la mente imágenes cálidas y muy dulces. Así aprendí a decir te quiero con dulzura sin importar el nombre que venía a continuación, ya que yo veía mis dulcísimas Amapola o Leti... aunque dijera Paquita. Te quiero Paquita resultó una de las lecciones más interesantes en mi aprendizaje de payaso. Estaba tan emocionado que comprobé que no necesitaba enamorarme continuamente para decirla, así que en el teatro, en un viejo teatro parroquial, durante uno de mis números dominicales, me quedé mirando fíjamente a una señora y le dije muy dulcemente te quiero Paquita y todo el mundo se echó a reír. La señora a la que llamé Paquita se quedó como quien deja de respirar de golpe y llegué a pensar que a lo mejor se llamaba Paquita. Me miraba sin respirar y yo la miraba dulcemente y la gente se partía el culo. Fue una experiencia muy hermosa. Lo único que me apenaba era no habérselo dicho a la hija del empresario de la carpa y era tal el prurito que me provocaba aquella falta que un día salí a buscarlos y cuando los encontré, sin decir palabra me acerqué a la hija del empresario y le dije un hermosísimo te quiero Paquita. Paquita, que se llamaba en realidad Miriam, se echó a llorar, no sé si emocionada o enamorada o ambas cosas a la vez, su madre y su padre aplaudieron, muy bien chaval, veo que vas aprendiendo, pero ahora estamos representando "Eloisa está debajo de un almendro", dijo el viejo empresario.

A mí no me importaba mucho dónde estuviera Eloisa, ni Paquita ni dónde estaba yo mismo, lo que deseaba era decirle a Miriam que era una mujer digna de crear una emoción intensa y provocar un sentido te quiero Paquita. Tanto Miriam como yo estábamos tan emocionados que en su carromato la besé y la llamé Paquita con apasionamiento. Ella estaba encantada, pero insistía en que me olvidara de una vez por todas de Paquita y pensara en Miriam, que era ella. Le dije que no podía quedarme con ellos, pero que me sentía profundamente ligado a ellos y agradecido por todo lo que me habían enseñado.

En mis cartas a Amapola, mi novia del tercer mundo, había te quiero-s por todas partes y Amapola llenaba las suyas con Amapola también mi dulce felipe...¡Amapola, dulcísimaaaaa Amapolaaaa ...!

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