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Rincón de la tertulia
Veladas con Felipe el Payaso | Veladas anteriores

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VELADAS CON FELIPE EL PAYASO

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Hola colegas de payaseo,
saboreando un buen vino
quiero compart
ir con vosotros
estos tiempos jo
didos que nos
tocan en amena charla y tratar
de aclarar un poco nuestras
revueltas vidas.
Si terminamos emborrachándonos
no pasa nada, pensaremos
sencillamente que el dios
Baco ha querido honrarnos
con su visita y participar también
en nuestra tertulia.
¡Salud amigos!

MI NARIZ ROJA

En mi vida ha habido algo muy trágico. Para mí lo fue. Un buen día, de eso hace ahora mucho, me miré en el espejo y mi nariz se había apagado. Dejó de ser roja. Era una nariz corriente y moliente. Y si me ponía a hacer las cosas de siempre la gente ya no sonreía. Bueno... no como antes... esa sonrisa espontánea que surge sin más ni más. Ahora era otra sonrisa, una sonrisa que me hacía daño. No me reconfortaba. Yo seguía trabajando y haciendo una vida normal, como hacía siempre desde que dejé el Instituto, ya que no quise ir a la universidad. Aunque yo hacía las cosas de siempre, al menos aquellos últimos meses, había algo que ya no era como siempre. Lo que más me impresionaba era la palidez de mi nariz. Pensé que la cosa sería pasajera y que volvería otra vez a recuperar su buena salud, su bonito color rojo cereza. Caminaba por la calle y me miraba en todos los escaparates, por si acaso me descubría la nariz con mi antiguo color. Era como si esperase la llegada de alguien. Hacía mucho tiempo que no visitaba a mi amigo el manzano, ya sabeís que soy muy amigo de los árboles, y decidí hacerle una visita. Me subí a la rama más alta y me puse a contarle sin palabras mis últimas aventuras. Todavía estaba ágil y trepaba como una ardilla. Querido amigo como puedes ver se me ha ido el color de la nariz. A lo mejor con los años te vas ajando hasta que te haces invisible. Mi vida está cambiando mucho. Leti me dijo el otro día: "¿Quién es ése que me mira con tus ojos, felipe?" No sé decirte por qué, pero la frase me molestó. Digamos que me produjo una sensación molesta.

Me desahogué bastante con mi manzano y me ayudó a tomar una determinación. Tenía que descubrir quién miraba a través de mis ojos. Me paré en medio de ningún sitio y me quedé mirando fíjamente a un punto. Pensé que si conseguía no parpadear los ojos se me llenarían de lágrimas y a través de las lágrimas a lo mejor salía ese desconocido que miraba a través de mis ojos. Yo me había hecho bastante mayor, ya no era ningún mocoso, había terminado BUP y estaba trabajando. Mi aspecto era el de una persona centrada, usando las palabras de la gente. Allí quieto parado mirando a un punto sin parpadear me veía realmente centrado. Empezó a formarse un corro de gente a mi alrededor. Como en los viejos tiempos, pensé. Y en mi punto de atención, o sea en el punto donde yo tenía fija la mirada, en ese punto apareció un rostro, que yo conocía. Me dio placer encontrar ese rostro. Mi mirada saboreaba la visión y cuando estaba en lo mejor desapareció. En su lugar apareció otro y otro y otro. La gente se paraba y se iba al ver que no sucedía nada. Sin embargo muchos se quedaban y se reían y parecían disfrutar de algo, pero yo no sabía de qué. Apareció un rostro de mirada burlona que me desconcertó. Ese rostro no tenía prisa por irse y permaneció allí ante mi mirada fija carente de lágrimas. Me pareció que la gente callaba y hacía silencio, o puede que yo me volviera repentinamente sordo o que mi oído empezara a realizar funciones de selección, porque oía algunas cosas y otras cosas no. A veces la música que alguien tocaba , otras alguna frase suelta: ... Paco no corras, no te sigo... hasta que no nos callemos no empieza...¿qué pasa? Nada... Me quedé completamente solo, o mejor solos, porque aquel rostro de mirada burlona seguía mirando y creo que sonriendo y creo que me cayó la noche y creo que también el día, pero no estoy seguro de nada, porque lo único que sabía era que yo tenía que estar allí hasta ver quién miraba a través de mis ojos y sabía también que no tenía que tener miedo ni prisa y esperar y abrir las manos y mis manos desnudas y vacías me hablaron de mi desnudez y de mi vacío, un vacío que era como un gran túnel en el que me adentré a gran velocidad y ví mi rostro, era el rostro de un niño que miraba con la boquita abierta y a través de esa boquita iban entrando y saliendo duendes y hadas haciendo su morada en ese cuerpecito tierno y para que pudieran volar líbremente la boquita debía sonreír y abrirse y así los duendes entraban y salían y la boquita del niño sonreía abriéndose y se reía abriéndose más y yo reía para dejar la puerta de mi boca abierta y mi cuerpo empezó a contar su historia, la historia de sus duendecitos agitándose, agitaba sus manitas y sus piececitos y reía. Risa-llave para que la magia circulase líbremente. Las manos desnudas, abiertas y también yo desnudito y abierto. Me enterneció tanto ver mi cuerpo desnudo, agitándose y riéndose que me puse a llorar y el rostro burlón empezó a alejarse y yo le despedía, me estaba despidiendo de mí mismo que me alejaba y alejaba y mi alejamiento me angustiaba y las lágrimas me nublaban la vista y me ví solo y sentí terror y placer al mismo tiempo y de entre mis lágrimas apareció el dulcísimo rostro de Amapola mirándome extrañada, casi sin reconocerme. La verdad es que yo había cambiado mucho en todos aquellos años, no, no podía reconocerme. Amapola sonreía bajo una lluvia suave que acariciaba a todos los vecinos de su aldea, que aprovechaban para ducharse y regar las plantas y limpiar las calles.

¡Vaya un payaso, en vez de reír, llora! Dijo alguien. Me extrañó que me llamasen payaso, hacía mucho que ya no me llamaban payaso. Hasta yo perdí la costumbre de saludar diciendo Hola soy felipe el payaso. Pensé llegar hasta el rostro de Amapola, que me sonreía y que yo veía a través de las lágrimas, pero estaba lejos y tenía que cruzar un gran mar. Recordé cómo había planeado aquel viaje e intenté ponerme en marcha. Pensé llegar a través del arco iris que se formó en mis ojos llorosos. Era como atravesar el vacío caminando sobre el alambre, al igual que un funambulista. Empecé a dar pasitos muy despacio sobre el alambre. La gente empezó a reírse ¡cuidado que te caes! Dijo alguien y todos se rieron. ¡No subas tan alto! Se rieron otros. Se lo estaban pasando muy bien. No se burlaban. Algunos empezaron a imitarme colocándose detrás de mí y caminando por el alambre y riéndose. Sentí que mis pies se mojaban y vi que caminaba sobre un charco, pero el charco se transformó rápidamente y yo caminaba sobre las olas y hacía mil y un equilibrismos para no perder precísamente el equilibrio y la gente reía y reía y yo me dí de narices contra un guardia urbano cayéndome al suelo. ¡Jefe! , me dijo el guardia, ¡tendrá que trasladar el circo a otro sitio! . Yo estaba aturdido, pero en el espejito de una moto aparcada allí cerca vi reflejada mi cara. Fue sorprendente encontrarme en el espejo: mi nariz era roja como una amapola y de la alegría me levanté y me puse a dar saltos y la gente empezó a seguirme y recorrimos calles y plazas y yo miraba a la gente y miraba las cosas y las cosas volvían a mirarme y la gente reía y sus risas ya no me hacían daño y yo me sentía tan bien que el placer me dolía y todo, por todo aquel tiempo que había vivido sin saborearlo. Sin saborear el placer de la mirada de las cosas, de las personas, de la caricia de la lluvia, por todo aquel tiempo olvidado de mi mismo, olvidado de mi silencio y del sabor de mi sonrisa, que sabía a salitre, a mar en calma ...y de mi boca abierta circulaba otra vez el cortejo de duendes, el revoloteo de las hadas, la magia... y llegué a Africa. Sí. Pero en avión. Fuimos Leticia y yo. Ibamos a conocer a Amapola.