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Rincón de la tertulia
Veladas con Felipe el Payaso | Veladas anteriores

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VELADAS CON FELIPE EL PAYASO

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Hola colegas, yo adoro Africa.
Voy a menudo.Amapola es
mi santuario.Como un destino,
al que no es importante llegar.
Pero te espera siempre.
Amapolaaaa...
lindísima Amapolaaa...

AFRICA

Estoy caminando sobre un alambre, Leti, y tengo que llegar hasta Amapola. Sólo el pensar en ella hace que mi nariz se vuelva roja. ¿Crees que la encontraremos?

Cogimos dos aviones y tuvimos que viajar también en autobús durante varios días. Cada uno intentaba imaginar a su modo a Amapola. Después de mucho autobús y mucho paisaje y muchas emociones llegamos al poblado de Amapola.

Amapola lejos de aquí, decían, pues entendían que íbamos tras algo que no podíamos alcanzar y utilizaban el nombre Amapola para expresar todo lo que no tenían y soñaban y así decían no tengo Amapola, y la nombraban siempre que anhelaban algo.

Recorrimos muchos y terrosos poblados, como surgidos de la tierra y en alguno nos paramos improvisando algún número de saltos y cabriolas y tanto los niños como los mayores saltaban también pero con sus ojos y con un leve pálpito en sus vientres. Sin otro lenguaje que nuestro cuerpo, era la única posibilidad de hablar de nuestros mundos, de contarles cómo amábamos y cómo reíamos, como rezábamos a nuestros dioses y como luchábamos para no perecer, y del cansancio y del suelo cómo nos levantábamos. Y aunque sus miradas fueran negras y misteriosas, oscuras y fieras, eran también tiernas y delicadamente corteses. En la mayoría de ellos las armas se mezclaban con su atuendo de manera natural. Al principio mirábamos un poco asustados, pero luego nos parecía tan natural llevar colgada la kalashnikov como llevar colgado el bolso. Y nos enternecía ver que aún siendo tan pobres, siempre tenían algo que ofrecerte y lo hacían con una espléndida sonrisa blanca, mucho más resplandeciente en aquellos rostros oscuros. Sus miradas duras se deshacían como por arte de magia en cálidas sonrisas. En general nos entendíamos con nuestros números, pero también con dibujos, cada uno dibujaba lo que quería decir, dibujábamos en el suelo y llegamos a crear historias larguísimas que se alargaban durante muchos metros y más tarde el viento poco a poco las borraba o las cubría de arena como un manto protector. Los niños jugaban a descubrirlos bajo la arena, al igual que se desentierran secretos. Nos emocionábamos con sus danzas y sus cantos, que Leti y yo procurábamos aprenderlos. Era como intentar aprender a cantar el misterio de la piedra o de la arena, el gorgeo del ave del desierto, el canto del tiempo, el canto de la noche africana y su enigma, pero aún ante tamaña imposibilidad Leti y yo lo intentábamos y ellos pacientemente nos cantaban un canto hasta veinte veces divertidos ante el estranjero blanco.

Una vez Amapola en una de sus cartas me dio el número de su móvil, aunque siempre estaba desconectado. O algo por el estilo. La verdad que me sorprendió mucho saber que Amapola tenía móvil, aunque ella también crecía, se hacía mayor y aspiraba a coger un avión y venir a Europa. Pero como avión para ricos, yo pagar para volar por el mar más barato.

Si algún día coge el teléfono ¿qué dirás? Me preguntó una vez Leticia.
¡Hola soy felipe el payaso! eso...
Leti y yo nos pusimos a improvisar un número al teléfono. Nuestros teléfonos móviles estaban desconectados y nos íbamos dejando mensajes hasta que nuestros traseros se chocaban y nos descubríamos uno junto al otro mirándonos a los ojos.

Sí, sí, seguimos preparando juntos números muy bonitos para, según Leti, mantenernos con los pies en la tierra, como se mantiene un hogar. Para no alejarnos de la gente y perdernos por ahí.

Me gustaría alejarme y perderme, Leti.
Quizás un día lo hagas.
Ya quisiera yo, pensaba, pero en cuanto oliera a naranjas y mandarinas sería como volver de una patada en el culo al hogar. Ese era el olor de Leti y oliendo a frutas exóticas imaginaba yo a Amapola, mi novia del tercermundo.

Africa...adoro Africa... me pasan muchas cosas en Africa...